La piel
En el pasado encarné tanto la herida que fue como la piel que me vestía y me contaba acerca de mí, de mi valor, de mi lugar en el mundo. De la temprana comparación en casa, en la escuela y en el deporte pronto aprendí a compararme para saber de mí, de mi valía, a competir con la sensación de que no había para todas; desvirtuándose por mucho tiempo así mi experiencia íntima. Y, por consiguiente, mi vivencia de ser niña y, más tarde, mi ser mujer.
A lo largo de mi vida me he sentido hermanada y en competencia con otras niñas y mujeres a partes iguales. Crecí vivenciando y sintiendo fuerte la tribu de una manera que ahora puedo ver ambigua.
Siento que en mi carne dolió profundo, y a ratos duele, una herida que va más allá del tiempo y que va más allá de nosotras. Una herida de separación, comparación y competencia entre mujeres. Un dolor ancestral heredado en silencio y cargado de historia que me ha tocado tantísimo y que ha vertebrado la mía propia.
Soy hija de una mujer, soy hermana de una mujer, soy madre de una criatura hermosa que en unos años será mujer.
En el pasado encarné tanto la herida que fue como la piel que me vestía y me contaba acerca de mi valor, de mi lugar en el mundo. De la temprana comparación en casa, en la escuela y en el deporte pronto aprendí a compararme para saber de mí, de mi valía, a competir con la sensación de que no había para todas. Lo que desvirtuó por mucho tiempo mi experiencia íntima: mi ser niña y mi ser mujer.
Hoy, después de mudar muchas pieles, te puedo contar que de mi viaje de transformación de la relación y el vínculo conmigo (de esta renovada intimidad conmigo) siento y veo transformarse mis relaciones y vínculos. Que me siento comprometida con participar del cambio de paradigma social y vincular involucrada en la construcción de relaciones enraizadas en el respeto, la honestidad, el cuidado y el amor hacia una misma y hacia otras personas y seres. Y que desde aquí te ofrezco mi apoyo y te acompaño en tu caminar al encuentro contigo. Si así lo sientes vamos juntas.
A lo largo de mi vida me he sentido hermanada y en competencia con otras niñas y mujeres a partes iguales. Crecí vivenciando y sintiendo fuerte la tribu de una manera que ahora puedo ver ambigua.
Siento que en mi carne dolió profundo, y a ratos duele, una herida que va más allá del tiempo y que va más allá de nosotras. Una herida de separación, comparación y competencia entre mujeres. Un dolor ancestral heredado en silencio y cargado de historia que me ha tocado tantísimo y que ha vertebrado la mía propia.
Soy hija de una mujer, soy hermana de una mujer, soy madre de una criatura hermosa que en unos años será mujer.
En el pasado encarné tanto la herida que fue como la piel que me vestía y me contaba acerca de mi valor, de mi lugar en el mundo. De la temprana comparación en casa, en la escuela y en el deporte pronto aprendí a compararme para saber de mí, de mi valía, a competir con la sensación de que no había para todas. Lo que desvirtuó por mucho tiempo mi experiencia íntima: mi ser niña y mi ser mujer.
Hoy, después de mudar muchas pieles, te puedo contar que de mi viaje de transformación de la relación y el vínculo conmigo (de esta renovada intimidad conmigo) siento y veo transformarse mis relaciones y vínculos. Que me siento comprometida con participar del cambio de paradigma social y vincular involucrada en la construcción de relaciones enraizadas en el respeto, la honestidad, el cuidado y el amor hacia una misma y hacia otras personas y seres. Y que desde aquí te ofrezco mi apoyo y te acompaño en tu caminar al encuentro contigo. Si así lo sientes vamos juntas.