La agresividad es la fuerza y la energía que nos arraiga en el mundo, la que nos mueve a satisfacer nuestros impulsos, necesidades y deseos. Se orienta hacia afuera, empuja para ser expresada, puesta en el entorno. Con ella protegemos nuestro espacio, ponemos límites a otras personas y huimos o nos defendemos (en caso de ser contenida se dirige silenciosamente hacia dentro, contra nosotras).
Agresividad no es igual a violencia. La violencia es una expresión distorsionada de la agresividad en la que hay un daño hacia otras personas, hacia una misma o hacia objetos y cosas.
Como mujeres, bajo el paradigma patriarcal y judeocristiano, crecimos educadas en la castración de nuestra naturaleza instintiva, de nuestra fuerza agresiva (también de la sexual), con poco o ningún permiso para expresar nuestro enfado, nuestra rabia y nuestra agresividad. Orientadas en cambio a complacer y estar para otros, al cuidado y satisfacción de necesidades ajenas, a no molestar y ser niñas buenas; desconectándonos de nuestro cuerpo y su impulso, de nuestro mundo emocional y de nuestra naturaleza instintiva. O lo que es lo mismo, desconectándonos de una parte esencial de nosotras: reprimiéndonos, rechazándonos, castigándonos y culpándonos por sentir impulsos, emociones como la rabia y deseo.
Por tanto, se hace urgente que reconectes con tu energía agresiva, con su expresión natural y sagrada. Reconciliarte con ella, contigo. Y así ejercer tu poder y ocupar tu lugar en el mundo.